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¡En esta casa entrará una mascota cuando a mi me saquéis
con los pies por delante!
Con esta sentencia sobre tus
hombros, llegas a tu casa con un pez metido en una bolsa de bocadillo en el
asiento del copiloto. Un pez vivo. Una semana más tarde del “error”. No podías
imaginar que una frasecita aparentemente inocente; un “¡ya veremos!” en manos de
gente que mide poco más de un metro (algunos incluso menos), se convierte automáticamente
en tal acoso que ni Brody, el de Homeland, se hubiera cambiado por ti en su interrogatorio a manos de Abu Nazir.
Y tú, muy cool, te llenabas la
boca (cuando aun no estabas rodeada de gente de menos de un metro) hablando con
amigos en plan: “me he leído todos los
libros de psicología emocional infantil y la clave está en poner límites y
castigos alcanzables” o, “cuando
tenga hijos pienso explicarles las cosas razonadamente” o, “nunca repetiré las frases de mi madre, ¡qué
burradas!” o, “¿mi padre?, un nazi,
oye… a mi no se me ocurriría amenazar y, te puedo asegurar que jamás le pegaría
un tortazo a mi hijo, eso es maltrato y los deja traumatizados”. Qué
joyitas soltaste.
Joyitas que te vas a tragar de
una en una, porque no solo te equivocas una vez, sino que en la próxima te
superas y te encuentras como si te hubiera abducido un platillo volante con
vida extraterrestre y te hubiera soltado un año más tarde en tu casa, con ¡un setter inglés! Veintitantos kilos,
65 cm de alto (cuando va a cuatro patas, si entra en euforia es más alto
que tú). El “heredero” de Nemo que duró exactamente un telediario gracias a tus
cuidados. Los niños te recordaban a diario que el pez no podía estresarse, pero
parece que no le sentaba bien caerse en el fregadero cada vez que había que
cambiarle el agua, y decidió que la muerte casi era mejor que vivir en esa casa
de locos.
Luego bien mirado, en épocas
jodidas de virus y eso, tampoco hay tanta diferencia entre que vomite uno o dos
a las cuatro de la madrugada; el niño te vomita encima justo cuando le vas a
poner el tupper (gran método anti-vómito), y el perro vomita detrás del sofá,
ese lugar tan accesible y fácil de limpiar. Coño, mira que es difícil ponerse
de acuerdo, pues “ellos” lo hacen tan fácil que te ahorran dos noches seguidas
de tute.
Que no cunda el pánico: te vas
a tener que duchar igual a las cinco de la mañana cuando, al apartarte la
melena agria, te das cuenta que has puesto tus pies justo encima de los restos
de spaghetti con chocolate; en ese momento, tu casa parece un campo de minas y
tú una stripper en plena actuación, contorsionándote y prácticamente en bolas.
Coronando el momentazo,
aparece el otro niño o niña haciendo arcadas del asco, porque en realidad está
perfectamente y libre de virus. Y llegado ese momento pegas el primer grito del
día (recordemos que son casi las 6 de la madrugada):
- ¡Como vomites te sacudo un tortazo!”.
Gran joya has soltado, como tu
madre.