domingo, 13 de octubre de 2013

Cosas que dijiste que nunca dirías



-       ¡En esta casa entrará una mascota cuando a mi me saquéis con los pies por delante!

Con esta sentencia sobre tus hombros, llegas a tu casa con un pez metido en una bolsa de bocadillo en el asiento del copiloto. Un pez vivo. Una semana más tarde del “error”. No podías imaginar que una frasecita aparentemente inocente; un “¡ya veremos!” en manos de gente que mide poco más de un metro (algunos incluso menos), se convierte automáticamente en tal acoso que ni Brody, el de Homeland, se hubiera cambiado por ti en su interrogatorio a manos de Abu Nazir.

Y tú, muy cool, te llenabas la boca (cuando aun no estabas rodeada de gente de menos de un metro) hablando con amigos en plan: “me he leído todos los libros de psicología emocional infantil y la clave está en poner límites y castigos alcanzables” o, “cuando tenga hijos pienso explicarles las cosas razonadamente” o, “nunca repetiré las frases de mi madre, ¡qué burradas!” o, “¿mi padre?, un nazi, oye… a mi no se me ocurriría amenazar y, te puedo asegurar que jamás le pegaría un tortazo a mi hijo, eso es maltrato y los deja traumatizados”. Qué joyitas soltaste.

Joyitas que te vas a tragar de una en una, porque no solo te equivocas una vez, sino que en la próxima te superas y te encuentras como si te hubiera abducido un platillo volante con vida extraterrestre y te hubiera soltado un año más tarde en tu casa, con ¡un setter inglés! Veintitantos kilos, 65 cm de alto (cuando va a cuatro patas, si entra en euforia es más alto que tú). El “heredero” de Nemo que duró exactamente un telediario gracias a tus cuidados. Los niños te recordaban a diario que el pez no podía estresarse, pero parece que no le sentaba bien caerse en el fregadero cada vez que había que cambiarle el agua, y decidió que la muerte casi era mejor que vivir en esa casa de locos.

Luego bien mirado, en épocas jodidas de virus y eso, tampoco hay tanta diferencia entre que vomite uno o dos a las cuatro de la madrugada; el niño te vomita encima justo cuando le vas a poner el tupper (gran método anti-vómito), y el perro vomita detrás del sofá, ese lugar tan accesible y fácil de limpiar. Coño, mira que es difícil ponerse de acuerdo, pues “ellos” lo hacen tan fácil que te ahorran dos noches seguidas de tute.

Que no cunda el pánico: te vas a tener que duchar igual a las cinco de la mañana cuando, al apartarte la melena agria, te das cuenta que has puesto tus pies justo encima de los restos de spaghetti con chocolate; en ese momento, tu casa parece un campo de minas y tú una stripper en plena actuación, contorsionándote y prácticamente en bolas.

Coronando el momentazo, aparece el otro niño o niña haciendo arcadas del asco, porque en realidad está perfectamente y libre de virus. Y llegado ese momento pegas el primer grito del día (recordemos que son casi las 6 de la madrugada):

-       ¡Como vomites te sacudo un tortazo!”.

Gran joya has soltado, como tu madre.